Leticia Pérez /ICAL - Azahara Palomeque, autora del libro 'Pueblo blanco azul'
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Sábado, 9 de Mayo de 2026

Azahara Palomeque: “Convertí el duelo por mis abuelos en una novela”

Celia Falces - La autora reflexiona sobre memoria, duelo, campo andaluz y herencias familiares con motivo de su novela 'Pueblo blanco azul'

La escritora Azahara Palomeque presenta ‘Pueblo blanco azul’, una obra profundamente íntima que nace del duelo personal por la pérdida de sus abuelos y se expande hacia una reflexión colectiva sobre la memoria, la historia de España y la vida rural. La autora aborda el origen del libro, la relación entre memoria y ficción, las heridas históricas que atraviesan su relato y el papel de la literatura como espacio de resistencia y comunidad.

El punto de partida de la novela está en una experiencia vital marcada por la ausencia y la imposibilidad de despedirse. Palomeque no pudo asistir a los funerales de sus abuelos, fallecidos en 2016 y 2021, respectivamente. Este vacío se convirtió, con el tiempo, en el germen de una necesidad narrativa. “Para quien escribe, toda experiencia sobrecogedora acaba convirtiéndose en páginas”, explica. En su caso la escritura operó como una forma de canalizar el dolor, pero también como un ritual sustituto. “La novela se convirtió en una especie de funeral colectivo que me faltaba”.

Esa dimensión ritual convive con la celebración de la vida de sus abuelos y su legado. ‘Pueblo blanco azul’ funciona así como “un epitafio y una fiesta al mismo tiempo”. La memoria, sin embargo, no aparece como un archivo estático, sino como un territorio en constante reconstrucción. “Tengo una concepción muy dinámica de la memoria”, afirma. En su obra, pasado y presente se entrelazan de forma continua, en una estructura que ella misma define como “metamórfica”.

La novela se adentra en algunas de las grandes heridas de la historia reciente de España, con especial atención a la Guerra Civil española y sus consecuencias. Ambientada en la campiña cordobesa, el relato refleja las tensiones entre vencedores y vencidos, así como las desigualdades económicas y sociales que se arrastraron durante décadas. “Es una herida constitutiva de nuestra identidad”, sostiene la autora, quien también subraya la complejidad ideológica del periodo, a menudo simplificada en los relatos actuales.

El campo andaluz

Uno de los elementos más significativos es la sequía que afecta al entorno rural, lo que hace que el presente irrumpa con fuerza, hasta el punto de impedir que a protagonista pueda escribir. Este recurso introduce una dimensión ecológica que dialoga directamente con el pasado. “No solo el pasado interpela al presente, también el presente busca relacionarse con el pasado”, explica. En ese cruce temporal, la crisis climática se convierte en un eje narrativo que conecta distintas capas de la historia.

El escenario principal es el campo andaluz, un territorio que la autora aborda desde una mirada compleja, alejada de estereotipos. La novela retrata un espacio atravesado por la emigración, la explotación agrícola y las transformaciones del paisaje. Desde los jornaleros que se marcharon a Francia o Barcelona en los años 60 hasta el impacto del monocultivo del olivo, el campo aparece como un lugar de memoria, pero también de conflicto y cambio.

Palomeque apuesta por dignificar la oralidad andaluza sin caer en caricaturas, “quería que se entendiera como una riqueza lingüística, no como un exotismo”, afirma. Para ello, ha evitado recursos que puedan reforzar estereotipos, como la alteración ortográfica, y ha trabajado con distintos registros que reflejan la diversidad social y cultural de los personajes.

La autora reconoce la influencia de sus estudios en literatura latinoamericana y contextos coloniales, que la han permitido desarrollar una mirada más consciente sobre las representaciones culturales. “He puesto todo mi acervo al servicio de los personajes más humildes”, señala.

“Hay una belleza terrible en las escenas más cruentas”, afirma. Para Palomeque, lo estético no es un adorno, sino una forma de intensificar la experiencia narrativa y emocional. Los vínculos afectivos, la relación con la tierra y la dimensión lírica del texto configuran una obra donde la belleza y el dolor coexisten.

El valor de los rituales

La autora considera que se le da “muy poca importancia” a la muerte como parte fundamental de la existencia. En este sentido, reivindica el valor de los rituales, tanto tradicionales como simbólicos, en la construcción de la comunidad. Desde celebraciones como la Navidad o la Semana Santa hasta eventos familiares como bodas o comuniones, estos actos estructuran el tiempo y refuerzan los lazos sociales.

La relación entre territorio, memoria y supervivencia se expresa en la novela a través de una metáfora geológica. El suelo, con sus distintas capas, guarda historias que pueden ser excavadas y reinterpretadas. Desde las raíces de los olivos hasta las fosas comunes, el paisaje se convierte en un archivo vivo donde pasado y presente se entrelazan.

Vivir varios años en el extranjero ha influido en su mirada, el regreso se convirtió en una necesidad tanto personal como creativa. “El desarraigo me estaba haciendo daño”, reconoce. Esa distancia le permitió desarrollar una “nostalgia reflexiva” y redescubrir su entorno con una sensibilidad renovada.

En ‘Pueblo blanco azul’, Palomeque propone una narrativa que combina lo intimo y lo colectivo, lo histórico y lo emocional. “Es una novela de afectos”, resume. A través de una red de relaciones entre vivos y muertos, la obra construye una comunidad que trasciende el tiempo y el espacio.

A partir de recuerdos, entrevistas familiares y relatos heredados, la autora construye una historia que, aunque parte de los real, se asume plenamente como ficción. “Ese material es como un mármol en bruto, pero luego hay que esculpirlo”, señala. En ese proceso, la imaginación juega un papel fundamental, no solo como recurso literario, sino también como parte inherente de la propia memoria. “Recordar también es imaginar, porque nunca seleccionamos de forma exacta”.

Con esta novela, Azahara Palomeque no solo rinde homenaje a sus raíces, sino que invita a los lectores a reflexionar sobre las suyas propias, en un relato que convierte la memoria en un acto compartido y la escritura en una forma de sanar.