Miriam Chacón /ICAL - La cofrade Pilar Sastre durante en el quinto decenario en el acto de la Tercera Orden en la iglesia de Santa María de Villavicencio de los Caballeros (Valladolid)
Jueves, 2 de Abril de 2026
Cuando la Pasión se vuelve ritual: los Terceros Ejercicios del Jueves Santo
"Es un acto muy imponente. Solo de pensarlo me emociono”. Así describe la cofrade de la Tercera Orden, Pilar Sastre, los Terceros Ejercicios, una tradición que cada Jueves Santo se celebra en Villavicencio de los Caballeros, en Valladolid. La ceremonia envuelve al pueblo en un místico y profundo sentimiento de fe, cargado de simbolismo, misterio y tradición, y hace que cada año la Semana santa se viva intensamente.
“Somos once miembros, pero cada acto nos une como si fuéramos una familia. Tenemos desde un cofrade de 92 años hasta chicos mucho más jóvenes, y aun así todos sentimos la misma intensidad”, explica a Ical Pilar, mientras su voz se quiebra ligeramente al recordar con emoción lo que significa esta tradición para ella.
Tras los oficios de la tarde, el silencio de la iglesia se adueña del espacio. Los hermanos de la cofradía se congregan en la Iglesia de Santa María. Los bancos y la mesa del altar se retiran; la nave central queda despejada, y un aire solemne llena cada rincón. El suelo absorbe los pasos de los hermanos y hermanas que preparan cada elemento con esmero y dedicación.
Se siente un orden casi ritual. Todo se coloca de atrás hacia adelante, como si cada objeto contara la historia de la Pasión de Cristo. Lo primero que se prepara es una estera sobre la que se arrodilla el sacerdote. Es un gesto de humildad y devoción cargado de gran solemnidad.
Junto a la estera, sobre una mesa, descansan dos calaveras, dos sogas, dos coronas y una imagen de Cristo crucificado. Todo ello con el objetivo de recrear el juicio de Pilatos y la inevitabilidad del sacrificio.
Más adelante, una pequeña columna con una corona y una soga simboliza los azotes infligidos a Cristo. Y sobre una banqueta, otra caña con otra corona y una soga, para recrear la coronación de espinas. “Es dolor, respeto y emoción al mismo tiempo”, repite Pilar. “Es una sensación que no se puede describir del todo, solo sentir”.
La cruz grande, erguida en posición vertical, con argollas en sus brazos, se coloca un poco más adelante. La soga y la corona descansan junto a ella, donde se representa el momento culminante: la crucifixión. En las escaleras del presbiterio, dos cruces pequeñas esperan, adornadas con coronas y sogas, para ser portadas por los hermanos. Representan a los soldados romanos y al pueblo judío, los testigos de los últimos actos de la pasión.
Cuando los elementos están en su lugar, los cofrades se organizan en dos filas paralelas. Un pasillo central conecta cada estación simbólica. El sacerdote se arrodilla detrás de la mesa, mientras un hermano con una pequeña campana guía las acciones. Cada sonido de la campanilla marca el tiempo; cada gesto debe esperar la señal precisa.
Durante el rezo, todo sigue un ritual minucioso. Cada grupo de cinco hermanos recibe instrucciones sobre qué objeto manipular o qué posición ocupar. Besar el suelo en señal de reverencia, colocarse la soga y la corona, arrodillarse o permanecer de pie; cada movimiento es una coreografía marcada por siglos de fe.
Se siente el silencio, solo roto por los pasos, los rezos y la campanilla que guía los momentos. La tensión crece, la emoción es tangible. Cada estación tiene su protocolo. Primero la columna que sostiene la corona y la soga de pie, inmóvil, como guardiana del dolor, y después la caña que recuerda la humillación de Cristo. La cruz grande espera, majestuosa, lista para que los hermanos se aferren a ella en señal de devoción y los que portan las cruces pequeñas avanzan con cuidado, rezando los misterios, completando decenario tras decenario.
El proceso se repite tres veces, y en el quinto decenario la ceremonia alcanza su punto más simbólico. Un hermano porta la calavera y la cruz, mientras otro besa los pies de cada cofrade. La calavera se muestra con las palabras: “Considera, hermano, lo que has de venir a parar”. La cruz se ofrece para ser besada: “Este es el Dios que te ha de juzgar”. Se siente el peso de la devoción.
Al finalizar, los cofrades regresan a sus lugares. Se rezan las letanías y el rezo de la corona franciscana llega a su término. Cada acción, cada silencio, cada gesto, tiene un significado profundo, entrelazando la historia de la cofradía con la Pasión de Cristo y la fe de quienes participan.
El origen exacto de esta tradición se desconoce. Aun así, ha sobrevivido a décadas de olvido y sigue siendo una de las más veneradas del pueblo. La orden franciscana viste hábitos, cordones y escapularios de San Francisco, austeros, en concordancia con el rito. La Orden Tercera, fundada por San Francisco de Asís como “memorial del propósito de los hermanos y hermanas de penitencia que viven en sus casas”, ha atravesado tres grandes etapas: desde 1736 hasta el siglo XX; desde finales del siglo XIX hasta 1970; y desde la década de 1980 hasta hoy.
Pasear por Villavicencio de los Caballeros un Jueves Santo es sentir que el tiempo se detiene. Cada gesto, cada sonido y cada silencio se convierte en un puente entre generaciones. La tradición, la historia y la devoción se funden en un solo acto, que sigue emocionando a todos los que tienen el privilegio de vivirlo. Y al escuchar las palabras de Pilar se llega a entender que aquí no se trata solo de fe, sino también de memoria, humanidad, y de un dolor que, al ser compartido, se vuelve luz.



