Domingo, 25 de Octubre de 2026
71 Seminci- Marine Atlan abraza la incertidumbre del salto al mundo adulto en ‘La Gradiva’
Tras alzarse con el Gran Premio de la Semana de la Crítica del Festival de Cannes, la cineasta francesa Marine Atlan desembarcó hoy en Valladolid con ‘La Gradiva’, un vívido fresco contemporáneo de la evanescencia de la adolescencia, donde introduce su cámara en un grupo de jóvenes estudiantes franceses a punto de dar el salto a la universidad, para reflejar sus anhelos, miedos, esperanzas, convicciones políticas, pulsiones e incertidumbres.
Como ya lo hiciera hace un lustro Jonás Trueba, al poner su cámara a la altura de los ojos de la juventud española en ‘Quién lo impide’, Atlan se detiene en un heterogéneo grupo de alumnos de Bachillerato, que tutelados por su apasionada y paciente profesora de Historia del Arte comparten viaje de fin de curso a Nápoles y Pompeya.
Allí, en una ciudad sobre otra ciudad, donde “todo se fosilizó” y permanece “congelado en el tiempo”, y rodeados de belleza desaparecida que jamás volverá, como su propia juventud, los alumnos comparten pensamientos, deseos, suelos y temores, mientras la invisible cámara se mezcla entre ellos como uno más, entre alusiones a Plinio, Pierre Bourdieu o la aplastante lógica del mercado, que “se impone en todas partes”, como desliza uno de sus personajes.
El pasado les observa, inerte, y el futuro les amenaza, indescifrable, mientras el suelo tiembla y cada uno de los dispares miembros de ese grupo intenta sobrevivir como buenamente puede, fingiendo incluso que todo seguirá igual tras ese verano. La película, debut en el largometraje de Atlan, explora las dinámicas internas, las relaciones y la construcción de la propia identidad de cada personaje, deteniéndose en su vulnerabilidad, heridas y emociones.
La cineasta se inspira en una novela corta homónima escrita por el alemán Wilhelm Jensen en 1903, que despertó el interés de Freud, atraído por el juego que planteaba con Pompeya como territorio del inconsciente y el contraste entre el movimiento (‘gradiva’ significa ‘la mujer que camina’) y la petrificación de las ruinas, símbolo de la imposibilidad de detener el paso del tiempo.
En declaraciones recogidas por Ical, Atlan subrayo que su película bebe de la herencia de Jensen o Freud, pero también del surrealismo, y está alimentada por “una serie de fantasmas” que caminan, acompañadas de esa especie de “figura tutelar” que es la profesora, hacia un destino concreto, marcado por la fatalidad .
La directora verbalizó el torrente de ideas que subyacen tras su primer largometraje, para el que realizaron un “casting salvaje” que se prolongó durante dos años, eligiendo a sus potenciales intérpretes a la salida de institutos, en manifestaciones o tras comprobar sus posicionamientos políticos en redes sociales o internet. “Queríamos mostrar a una juventud que estuviera politizada, para configurar una constelación formada por diferentes presencias, construidas a partir de una serie de arquetipos, de roles sociales, para ir más allá de ellos e incluso contradecirlos”, explicó.
Atlan señaló que sus protagonistas “estaban escritos de forma muy precisa” ya en el guion, si bien al ser encarnados se produjo “una profundización en ellos”, siempre buscando potenciar “los puntos fuertes” de sus actores, siempre con el reto de mostrar “su manera de mirar y de ser”.
Sobre la estructura del film, explicó que al final del rodaje contaba con “muchísimo material” y con “escenas colectivas muy largas”, que tras una primera versión de montaje dejaban “una película coral” de cuatro horas, organizada “no a modo de capítulos, sino de digresiones”. “El desafío era reducir esa duración sin perder a los personajes, a los que quería contar de una forma colectiva, sin que cada bloque enterrase todo lo que está ocurriendo por debajo, en los silencios y en las dinámicas internas entre ellos”, apuntó.
Con ese reto por delante y partiendo de un tono naturalista, Atlan sitúa a sus personajes en escenarios de tanto peso como Nápoles y Pompeya, un territorio al que se aproxima “de una forma casi documental”, con la idea de reflejar el juego de ecos históricos que allí se producen, así como la “sensualidad”, el “barroquismo” o aspectos tan presentes allí como la “relación constante con la muerte” y con cómo la mera presencia del Vesubio es “símbolo de toda la fragilidad con la que atravesamos la vida”. “Es un territorio formado por diferentes estratos y capas geológicas, con un volcán que lo recubre todo para que luego se vuelva a reconstruir”, apuntó sobre lo que calificó como “un collage de contrastes” que intentó “descubrir con una mirada de observadora”.
Pasión triste
La directora explicó que concibió su película antes del estallido social que se ha producido en Francia con las multitudinarias protestas estudiantes, fruto en su opinión de “diez años de políticas macronistas, con las cuales la política ya ni siquiera trata de llegar al ideal de la igualdad, y frente a lo cual ellos intentan tomar el poder y actuar a través de las calles”.
Junto a parte de su equipo, ella misma se sumó a un viaje escolar en el que pudo conocer de primera mano la implicación de los jóvenes en cuestiones como “el racismo, el feminismo, el ecologismo, el sistema de clases, la crisis y cómo están atravesados por desafíos sistémicos”. “Lo que podemos ver estos días en Francia es una juventud con reivindicaciones muy claras, que pide mayor igualdad y que no cree en el milagro de la meritocracia. Hay una polarización muy clara, con una juventud muy marcadamente de izquierdas, que está en la calle y se expresa, y con otra juventud muy radicalizada de derechas, que se enfrentan”. De esa polarización también trato de hablar en la película”, señala.
En cuanto al tono de su trabajo, apunta estar atravesado por “una especie de pasión triste” que viven muchos jóvenes, de que “el mundo perece con ellos”, frente a lo cual muchos “se levantan”. “Vivimos un momento tan crepuscular que creemos presenciar el fin del mundo casi a diario con el covid, el eclipse, las guerras… Son momentos muy crudos, pero en medio de esa pasión triste estamos presenciando un movimiento de revolución, un deseo de vivir y una necesidad de la juventud de proyectarse hacia el fututo. Cuando dábamos forma a la película sentía esa contracción, que estábamos en el alba de algo, de un movimiento vital contra toda la ansiedad y tentación de caer en la desesperación”, concluyó.



