JL Leal /ICAL - Antonio Carrión
ZAMORA - CULTURA
Domingo, 22 de Febrero de 2026

Antonio Carrión Jiménez: “La partitura del flamenco es el corazón”

Juanma de Saá - El célebre guitarrista sevillano recibe en la Peña Flamenca ‘Amigos del Cante’, de Zamora, un homenaje por sus 50 años de carrera

No son muchos los artistas que, sin pretenderlo, consiguen poner a sus pies de forma unánime a la crítica, especialmente en el mundo del flamenco. Y ese es el caso de Antonio Carrión, un guitarrista de acompañamiento que los expertos consideran el más importante del último medio siglo.

Antonio Carrión Jiménez (Sevilla, 1964), subió por primera vez a un escenario cuando tenía diez años y ha llegado a convertirse en un guitarrista intergeneracional, que conecta su arte con el de artistas míticos, como Melchor de Marchena, Manolo de Huelva y Félix de Utrera, entre otros.

El maestro acudió anoche al homenaje brindado por la Peña Flamenca ‘Amigos del Cante’, de Zamora, provincia en la que ha tocado, al menos, 40 veces, según él mismo calcula, incluidas actuaciones en el Festival Flamenco de Zamora, el Festival de Villaralbo y los ciclos del Teatro Principal.

Entre los numerosos reconocimientos que acumula, figuran el Grammy Latino de 2002 al Mejor Álbum Flamenco, acompañando a Chocolate; el Premio Nacional de 2008 al Mejor Guitarrista de la Cátedra de Flamencología de Jerez de la Frontera (Cádiz), y el Giraldillo al Acompañamiento de 2010, en la XVI Bienal de Flamenco de Sevilla.

Medio centenar de personas presenciaron anoche, en la sede de la peña, la actuación íntima, sincera y espectacular del maestro, quien acompañó a Luis Perdiguero y Nazaret Cala y que también contó con la aportación del nieto del maestro, que se inició en los escenarios también con diez años

Usted considera Zamora ‘su segunda tierra’.

Sí. Siempre es un placer volver a Zamora. Habré tocado aquí más de 40 veces. La primera vez que vine, tenía 18 años y fue a la Peña Flamenca, que estaba ubicada, entonces, en otra sede. Me acuerdo de que, las primeras veces, vine con Curro Malena, un cantaor fantástico de Lebrija (Sevilla). A partir de ahí, fueron muchísimas actuaciones. Al Festival de San Pedro y a muchos pueblos de Zamora.

Cualquier artista flamenco acude prevenido por el conocimiento que tiene la exigente afición zamorana.

Es verdad. Es un público muy entendido y muy respetuoso. Aparte de que sabe escuchar, guarda un respeto absoluto mientras estás actuando y, después, es muy reconfortante ese aplauso caluroso que da el público de Zamora.

Recibir homenajes por medio siglo de carrera podría inducir a pensar en un artista de edad avanzada pero usted está ‘para jugar’ durante muchos años.

(Sonríe). La verdad es que me encuentro muy bien, gracias a Dios, y muy bien de salud. La primera vez que actué en público fue con diez años y, desde entonces, en el terreno profesional, siempre he tenido mucha gana y he tenido la oportunidad de trabajar con muchísima gente y, nada, siempre en la brecha.

La exigencia física del flamenco es notoria en el baile y el cante. ¿La percibe también el público en el toque?

Sí. Hay dos vertientes en la guitarra. En el toque solista, el guitarrista lo lleva ya montado y él marca una directriz pero, en la guitarra de acompañamiento, creo que es bastante más difícil porque le tienes que tocar a muchos cantaores y cada uno es diferente, cada uno es de una tierra y cada uno lleva compases distintos. Por ejemplo, una bulería de Lebrija no es igual, no lleva al mismo aire tocando que una bulería de Jerez y, sin embargo, Jerez y Lebrija se dan la mano. El guitarrista de acompañamiento tiene que saber de cante, tiene que gustarle el cante y tiene que estudiar mucho cante. 

En su caso, eso incluye darle al cante jondo, no en vano grabó un disco en el que se acompaña a sí mismo.

Sí. Eso fue un disco que hice en el año 2012. A mí, siempre me ha gustado mucho cantar. Mi padre era cantaor flamenco y, en mi casa, nada más que se ha escuchado siempre cante. La verdad es que yo siempre he cantado un poquito. Mis compañeros Enrique de Melchor, Moraíto de Jerez, Manolo Franco, Paco Cortés y Pedro Sierra, entre todos, me animaron, nos juntamos e hicimos un trabajo muy bonito. Me rodeé de grandes maestros en los cuales yo he vivido, también. Todos pillamos de todo. Cuando era chico, mi ídolo era Melchor de Marchena y su hijo, Enrique de Melchor y, por supuesto, Moraíto. En fin… y todos los compañeros. Todos son más admirables para mí.

¿Cómo lleva la responsabilidad de ser el guitarrista de acompañamiento que los expertos definen como ‘puente’ entre generaciones? Según esa idea, si hablásemos de literatura usted sería, por ejemplo, Juan Ramón Jiménez, entre el Modernismo y la Generación del 27.

(Se ríe). Es una responsabilidad grande porque yo aprendí de los maestros de antaño pero he vivido y acompaño a artistas de mi época. También me gusta mucho ayudar a la juventud que va saliendo porque es el flamenco del mañana. Yo intento transmitir mi sabiduría y darles mis consejos para que vayan adquiriendo riqueza, tanto musical como sabre historia del flamenco, de los cantaoores y de cada palo del cante.

Quienes le conocen y le siguen aseguran que nunca se ha dejado llevar por la vanidad.

Es que la vanidad no vale para nada. Nunca he querido dármelas de nada. Soy una persona humilde y, para mí, tiene tanto valor un homenaje sencillo que me hacen en una peña flamenca como la medalla de oro de la provincia de Sevilla, que he recibido hace poco, o el Grammy Latino. Para mí, todo es importante y todo va sumando y siguiendo.

¿Qué opina de que la crítica incluya su nombre en una lista mítica en la que figuran Paco de Lucía, Tomatito, Vicente Amigo, Juan Habichuela o Niño Ricardo?

Bueno, ahí llevamos ya muchos años. Son 50 años acompañando e intento hacerlo siempre lo mejor que puedo. La misión del guitarrista es realzar el cante y ayudar al cantaor todo lo posible. Si el cantaor queda bien, es obvio que quede bien el guitarrista. 

¿Qué guitarras suele tocar?

Tengo catorce guitarras y todas son de luthier. Trabajo mucho con las de Manuel Reyes, de Córdoba, que falleció. Muy buenos constructores. Hacen guitarras que tocan Vicente Amigo, Tomatito y mucha gente. Tengo también los Sobrinos de Esteso, de Madrid, de Conde. También tengo una guitarra muy buena, que utilizo mucho, de Robert Root, un constructor canadiense que falleció hace un par de años. Se dedicaba a hacer guitarras para el mundo de los clásicos. Todos los años venía a unos cursos que damos Gerardo Núñez y yo en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) y, un año, se dejó caer con dos guitarras iguales hechas por él y nos las regaló. La verdad es que tiene un sonido fabuloso.

¿Con cuánta frecuencia se le rompen cuerdas?

No suelo partir cuerdas, a no ser que una traiga un defecto de fábrica. Yo cambio las cuerdas de la guitarra cada ocho o nueve días. Las tres de arriba, que son los bajos. Las otras son de plástico. Las entorchadas las cambio porque las cuerdas nuevas traen un brillo especial y, cuando has tocado cuatro o cinco veces, pierden esa finura y se quedan como un poco apagadas. Se quedan sordas y las suelo cambiar.

¿Por qué al guitarrista flamenco se le exigen virtudes como la sinceridad y la autenticidad, algo que nunca se le pide al guitarrista clásico?

Bueno, hay una gran diferencia entre los clásicos y el flamenco. Creo que el flamenco es muy sincero porque haces lo que te sale del alma. Un clásico, por ejemplo, se enseña una partitura y escuchas a un clásico y a otro la misma partitura y suena igual. Te dicen hasta la intensidad con la que tienes que tocar y a la velocidad que tienes que tocar. Sin embargo, el flamenco es diferente. No hay partitura. La partitura del flamenco es el corazón porque te van saliendo inspiraciones.

¿Qué proyectos discográficos tiene ahora?

Pues mira, esta semana estoy grabando la banda sonora de una película del director Sebastián Haro, de una película que va sobre Jaén, todos los olivos de Jaén, y estoy metiendo ahí la guitarra. Llevo una semana y creo terminaré en los próximos días.