David Arranz. /ICAL - El escritor Luis García Jambrina presenta su último libro ‘El último caso de Unamuno’
SALAMANCA - CULTURA
Domingo, 25 de Enero de 2026

Elemental, querido rector

Javier A. Muñiz - Luis García Jambrina regresa a las intrigas detectivescas con ‘El último caso de Unamuno’, un salto temporal en la saga que, a modo de epílogo, convierte al rector perpetuo en sujeto y objeto de una investigación criminal en la Salamanca ‘guerracivil

Salamanca, otoño de 1936. La ciudad es un hervidero. Soldados, milicias, diplomáticos, espías, periodistas y buscavidas. La ribera del Tormes bulle bajo el yugo sublevado sin resistencia al alzamiento. Franco, recién designado jefe de Estado, elige el Palacio Episcopal como Cuartel General del Ejército y pone en marcha, enfrente, en el Palacio de Anaya, su oficina de Prensa y Propaganda. Sede de las delegaciones italiana y alemana, la capital salmantina acoge a militares fascistas y nazis. De algún modo, resisten los intelectuales, los catedráticos ilustres, el rector de la Universidad.

En ese tiempo y en ese lugar sitúa el escritor zamorano Luis García Jambrina, doctor en Filología Hispánica y profesor titular de Literatura Española en la Universidad de Salamanca, su última novela, ‘El último caso de Unamuno’. Premio Ical a los Valores Humanos por la provincia de Zamora, Jambrina regresa a las intrigas detectivescas un salto temporal en la saga que, a modo de epílogo, convierte al rector perpetuo en sujeto y objeto de una investigación criminal en la Salamanca ‘guerracivilista’. Unamuno está investigando el misterioso suicidio de un catedrático de Derecho. Solo tres meses más tarde, muere repentinamente.

El escritor, como en obras de esta misma saga y otras, vuelve a moverse entre la ficción y los sucesos históricos, mezcla personajes de su invención con aquellos que existieron, en una interpretación libre y personal del contexto en el que la trama se desarrolla. Reconoce que, dada la naturaleza literaria de este relato y la libertad de creación y de expresión que ella conlleva, su objetivo “no es lograr la verdad histórica y jurídica, sino la verosimilitud y la justicia poética”. “En mis novelas siempre hay un trasfondo, muchas alusiones literarias, como al propio Sherlock Holmes, y, en este caso, quizás hay un mayor componente histórico y social y hasta político”, explica a Ical.

En una novela de misterio y filosofía política que desvela una trama histórica, Jambrina alude a hechos y personas reales, pero aborda los misterios y lagunas con una buena dosis de ficción e invención que derrocha en las situaciones, los personajes y los diálogos. Todo ello, eso sí, ajustado de forma creativa y, a la vez, coherente con los datos históricos y biográficos y, matiza, ajustado a la personalidad del principal protagonista, un Miguel de Unamuno de 72 años y jubilado, que sigue siendo rector vitalicio de la Usal. Al principio apoyó el pronunciamiento, pero enseguida se distancia de los sublevados y comienza a hacer declaraciones contra ellos.

Salamanca, protagonista

En este punto, Jambrina devuelve al lector a una ciudad ocupada por miles de fascistas y militares, mientras España vive sus días más oscuros, y le sumerge en una investigación que parece imposible. Como él mismo describe, Unamuno será capaz de sorprender gracias a unas misteriosas pistas que irán desmontando pieza a pieza uno de los grandes rompecabezas del franquismo. Tras su muerte, Teresa Maragall, anarquista y eterno amor del protagonista, junto con el abogado Manuel Rivera, antiguo amigo y colaborador en las pesquisas del rector, se propone averiguar qué ha ocurrido, bajo el convencimiento de que la prensa oficial miente. 

A un simple vistazo de portada, se vislumbra el peso que la propia Salamanca tiene en el relato. “Es verdad que he tratado de transmitir un poco esa atmósfera, el ambiente que había en la ciudad, un ambiente tenso, al mismo tiempo cosmopolita, claro, porque se llena de todo tipo de gente”, resume, sobre una ciudad, en aquel tiempo, “muy peculiar” y que “sufrió también, aunque no fuera frente, los embates de la guerra”. Transformada, en definitiva, por el conflicto. “Es muy interesante ver esos contrastes, lo que era el templo del saber, del conocimiento, se acaba convirtiendo en un lugar de propaganda y de opresión”, apunta.

Según ejemplifica el escritor, en el Edificio Histórico de la Universidad, varios catedráticos ilustres de Derecho se ocuparan de legitimar el alzamiento y deslegitimar el gobierno de la República para construir las bases de una Nueva España. En su Paraninfo, tuvo lugar el célebre enfrentamiento de Unamuno con Millán Astray el día de la Hispanidad o de la Raza. El Palacio de Anaya, su actual lugar de trabajo y donde posa para Ical casi un siglo más tarde, fue sede de la oficina de Prensa y Propaganda y último espacio en el que Unamuno dio clase y se jubiló con honores en una celebración a la que asistió el presidente de la República.

Jambrina describe que el ambiente en la capital del Tormes era “de gran excitación bélica” y las calles estaban llenas de soldados que desfilaban de un lugar para otro con uniformes de todos los colores, “desde el negro de los oficiales fascistas italianos hasta el rojo de las boinas requetés, pasando por el caqui de los aviadores de la Legión Cóndor”. También están muy presentes las calles de Salamanca, “lugares de paseo de Unamuno, lugares de la vida y también de la muerte”. “He tratado de ser fiel en la descripción del espacio y el tiempo porque es clave para entender lo que le pasó a Unamuno”, añade.

Polarización y politización

Por el mero hecho de hablar de Guerra Civil, García Jambrina es consciente de que corre el riesgo de ser politizado o encasillado en algún bando. “Evidentemente puede ocurrir. Lo más seguro es que ocurra. Pero claro, eso no me iba a echar a mí para atrás”, sentencia, reconociendo que el propio Unamuno era un personaje muy complicado desde el punto de vista político. “Dicen que era muy contradictorio, pero yo creo que él era paradójico, que es otra cosa bien distinta. Lo cierto es que se movía entre unas cosas y otras, pero lo que cambiaba, sobre todo, era la realidad. No él”m matiza, recalcando que “siempre se mantuvo firme contra el abuso del poder autoritario, viniera de donde viniera, contra la violencia la opresión y la explotación”.

La Guerra Civil en sí misma es un tema espinoso. “Ahora la sociedad española está muy polarizada y soy consciente de ello. Pero bueno, yo he tratado de hacer una novela objetiva. De lo que sí estoy seguro es de que nadie va a conseguir llevarme a su su huerto. Yo siempre he tratado de ser una persona independiente, con mi propio criterio, y siempre he huido de todo tipo de ideologías, Para mí, lo importante es tener una capacidad de pensar de manera libre, un pensamiento vivo, que esté continuamente en cuestión. Y no una ideología y, precisamente, de donde pueden venir esos ataques, es desde alguna ideología o de personas que comuniquen con una ideología y que todo lo vean desde ese prisma”, advierte.

Una trama, la de las intrigas palaciegas, que conserva se vigencia en el fondo, aunque con distinta forma. “Lo cierto es que la condición humana no cambia. La gran lección que nos da el pasado, que nos da la historia es que todo se repite una y otra vez. Somos un poco hijos de ese pasado, en este caso de la Guerra Civil. Seguimos con las dos Españas absolutamente enfrentadas, las mismas simbologías, como si no pudiéramos salir de ahí. Entonces, ese sentido sí que es importante seguir investigando en el pasado y, en definitiva. sobre la condición humana por si un día se rompe esa maldición y salimos un poco de esa espiral”, reflexiona.

De cara al futuro más inmediato como escritor, García Jambrina se separa, en cierto modo, de Unamuno y Salamanca para regresar después, igual que a Fernando de Rojas y sus manuscritos. “Ahora estoy con una novela situada en Barcelona, en los años 60, un periodo que también me interesa mucho. Es una ciudad que visito con bastante frecuencia y que estoy explorando, pateándola, leyendo mucho sobre ella y me he tropezado con una historia”, sugiere, acerca de la ciudad Condal, donde su hija reside. “Aunque parezca mentira, aún hay mucho que contar”, concluye. Y es cierto.