Concha Ortega /ICAL - Los pintores Iris Lázaro y Eduardo Laborda ceden su coleccion de retratos al Ayuntamiento de Agreda
Sábado, 18 de Julio de 2026
Laborda-Lázaro, de coleccionistas a mecenas de Ágreda (Soria)
El artista aragonés Eduardo Laborda ha reflexionado durante toda su trayectoria sobre el paso del tiempo y el carácter efímero del ser humano. Convencido de que las personas viven demasiado apegadas a lo material y preocupadas por aquello que nadie puede llevarse consigo, fue madurando una idea que compartía con su mujer, la también artista soriana Iris Lázaro. Esa forma de entender la vida, unida al carácter generoso de ambos, acabó convirtiéndose en una de las mayores donaciones artísticas recibidas por Ágreda.
Aquella reflexión sobre lo que permanece cuando la vida pasa ha terminado así convertida en un legado colectivo. La villa fronteriza, de intensa actividad cultural, custodia ya una parte de la vasta colección reunida durante décadas por Laborda y Lázaro, formada por obras de pintores españoles de los siglos XIX y XX y a la que se ha sumado también parte de la producción artística del matrimonio.
La primera entrega de ese patrimonio se encuentra en la torre del Palacio de los Castejones. Tras la donación, el Ayuntamiento de Ágreda habilitó una sala que hasta entonces hacía las veces de almacén para acoger ‘El rostro del tiempo’, una exposición integrada por 47 obras de la colección Laborda-Lázaro.
El retrato es el protagonista de una muestra en la que se exhiben, entre otras piezas, tres obras del pintor soriano Maximino Peña y otra del vallisoletano Arturo Montero Calvo, junto a trabajos de autores como Valentín Carderera, Juan José Gárate, Justino Gil Bergasa, Ángel Díaz Domínguez, Salvador Escolá, Valentín Carderera, José Gonzálvez, Antoni Martí y Adolfo de Águila, entre otros.
Pero detrás de los rostros que contemplan ahora al visitante desde las paredes del Palacio de los Castejones hay algo más que pintura. Los retratos son también testigos de la sociedad de su tiempo y prácticamente cada cuadro conserva una historia que Laborda y Lázaro han ido recopilando al mismo tiempo que construían su colección.
“El 80 por ciento de la historia del arte son retratos porque lo primero que quiere el hombre es perpetuarse y es un género fundamental”, sostiene Laborda. Él y Lázaro comenzaron a recorrer ese camino como coleccionistas en 1972, cuando adquirieron un retrato de la empresaria Blanca de Escoriaza. Desde entonces, las obras fueron llegando de las formas más diversas. Algunas aparecieron en subastas otras en galerías e incluso en el Rastro encontraron auténticos hallazgos, como seis bodegones de un destacado artista que, recuerda Laborda, consiguieron por un “precio ridículo”.
Cada adquisición lleva consigo una anécdota. Iris Lázaro se detiene ante dos pasteles de Vicente Paricio que retratan a una pareja. El hombre es Joaquín Uriarte, que fue teniente de alcalde del Ayuntamiento de Zaragoza durante la Segunda República y posteriormente fue fusilado. “La nieta nos lo ha donado porque sus descendientes no querían las obras”, explica la artista.
Historias familiares, compras inesperadas y obras rechazadas por otras instituciones han terminado así encontrándose en Ágreda. Todavía faltan, además, algunas piezas por llegar. Laborda y Lázaro han reservado tres retratos que completarán finalmente la muestra, entre ellos el que consideran el mejor autorretrato de Francisco Marín Bagüés.
‘El rostro del tiempo’ es, sin embargo, solo el principio del proyecto que el matrimonio imagina para la villa. En el torreón de La Muela los coleccionistas han depositado algunas de sus obras que reflejan el carácter vital de Laborda y la sensibilidad de Lázaro.
Más arte para Ágreda
Los coleccionistas prevén desarrollar una segunda propuesta dedicada precisamente al arte efímero, formada por trabajos realizados sobre papel y, por su propia naturaleza, condenados a desaparecer. Bocetos, apuntes, escenografías, carteles e ilustraciones permitirán seguir el proceso que existe detrás de la creación artística.
“Esta muestra tendrá una utilidad más social aún al tener un carácter didáctico y contará cómo se crea un artista, desde que empieza a hacer garabatos hasta que llega a ser artista, arquitecto, artesano, cartelista o ilustrador”, explica Laborda.
A este proyecto se sumará otro dedicado a la influencia mediterránea en el arte pictórico, con paisajes, bodegones y pintura compositiva grupal. El recorrido abarcará desde 1828, año de la muerte de Francisco de Goya, hasta 1961, cuando falleció Marín Bagüés.
El destino elegido para este legado tampoco es casual. Laborda confiesa sentirse emocionado por haber depositado la colección en Ágreda, una localidad a la que define como “tierra de todos” y que ocupa un lugar especial en la historia personal de la pareja. Iris Lázaro es oriunda de Trévago y la familia de Laborda procedía de Trasobares, una localidad aragonesa situada a apenas 20 kilómetros.
Entre ambos lugares se levanta el Moncayo. “Los dos espacios están presididos por el Moncayo, que es una montaña mágica. Hay algo de simbólico y de íntimo en haber elegido Ágreda, que es el pueblo donde Iris y yo nos encontrábamos cuando festejábamos”, remarca.
El artista destaca también el patrimonio “extraordinario” de la villa y la receptividad de sus vecinos hacia la cultura. Pero detrás de la decisión existe, sobre todo, la voluntad de desprenderse de aquello que ambos han acumulado durante una vida para que pueda ser disfrutado por los demás.
“Teníamos una edad y queríamos liberarnos de lo acumulado y dejarlo en un lugar donde la gente pudiera disfrutarlo. Tenemos 74 años y nuestra idea es que antes de que cumplamos los 80 esté todo aquí, en diferentes espacios, junto con nuestra obra personal”, concluye el artista que atesora numerosos premios por su obra.
Después de décadas creando y coleccionando arte, Eduardo Laborda e Iris Lázaro han decidido así qué hacer con aquello que el tiempo les permitió reunir. Su colección abandona poco a poco el ámbito privado para encontrar acomodo entre las viejas torres de Ágreda. Allí quedarán los retratos, los paisajes, los bodegones y también su propia obra. Una forma de desprenderse de lo material y convertirlo en patrimonio de todos.



