JESÚS FORMIGO /ICAL - La exposición ‘Manos que hablan: 10 años sin Agustín Casillas, el escultor de las almas humildes’ en el espacio de arte El Museo Mínimo de Salamanca. En la imagen Adolfo Hernández, director del espacio de arte El Museo Mínimo
Sábado, 18 de Abril de 2026
Las manos que siguen hablando
Hay escultores que levantan monumentos y otros que levantan recuerdos. Agustín Casillas hizo ambas cosas, pero sobre todo lo segundo. Diez años después de su muerte, sus figuras siguen ahí, en las calles de Salamanca, en sus plazas, en sus rincones más transitados y también en los más íntimos, recordando a quienes pasan que hubo un hombre capaz de mirar lo cotidiano y convertirlo en algo digno de ser detenido en el tiempo.
Ahora, ese legado vuelve a reunirse bajo techo en la exposición ‘Manos que hablan: 10 años sin Agustín Casillas, el escultor de las almas humildes’, que puede visitarse hasta el 31 de mayo en el Museo Mínimo, un espacio que hace honor a su nombre pero que, durante estos días, contiene algo mucho más grande: la memoria viva de un artista profundamente arraigado a su tierra.
El lugar no es casual. En pleno corazón de la ciudad, entre la Gran Vía y la Correhuela, el visitante entra casi sin darse cuenta en una galería que funciona también como refugio. Allí, entre piezas de distintos tamaños y temáticas, se despliega un recorrido que no pretende ser exhaustivo, pero sí representativo. “Queremos tocar todos los palos”, explica Adolfo Hernández, impulsor del espacio junto a Jorge Moya. En esa diversidad está, precisamente, la clave para entender a Casillas.
Porque Casillas no fue un escultor de una sola línea. Fue, como recuerda Hernández, “un hombre muy completo”, capaz de transitar desde la escultura clásica hasta la representación más directa de los tipos populares. En una misma sala pueden convivir un busto de Don Quijote y Sancho Panza, referencias a la tradición literaria española, con figuras rurales que parecen sacadas de cualquier pueblo de la provincia: un tratante de ganado, una anciana con botijo, una mujer charra cargada de adornos o dos hombres cuchicheando en una esquina, como si el barro pudiera capturar también el rumor de las conversaciones.
Ahí está, quizá, la esencia de su obra: no en los grandes gestos, sino en los pequeños; no en la grandilocuencia, sino en la verdad. Casillas no buscaba idealizar, sino reconocer, y es que sus esculturas no miran desde arriba: miran de frente.
Nacido en Salamanca en 1921, Agustín Casillas comenzó a esculpir en los años 40, una época en la que el arte en España se movía entre la tradición académica y los primeros intentos de renovación. Él eligió un camino propio. Formado en la Escuela de Nobles y Bellas Artes de San Eloy y en la de Artes y Oficios, pronto destacó hasta lograr el Primer Premio Nacional de Escultura y otras distinciones que marcaron su trayectoria. Sin embargo, su reconocimiento nunca se desligó de su ciudad.
A diferencia de otros artistas que encontraron proyección lejos de su origen, Casillas permaneció ligado a su entorno. Paseaba por sus calles, compartía tertulias en bares, observaba a la gente. Era, en palabras de quienes lo conocieron, “un salmantino más”. Esa cercanía se tradujo en una obra que hoy forma parte del paisaje urbano.
Se calcula que hay cerca de una treintena de esculturas suyas repartidas por la ciudad. Algunas son ya iconos: el Lazarillo, La Celestina en el Huerto de Calixto y Melibea, la figura de Torres Villarroel en la Cueva de Salamanca o el medallón dedicado a Cervantes en la Plaza Mayor. Otras son menos conocidas, pero igual de presentes para quien sabe mirar.
Esa es una de las razones por las que, a diferencia de otros artistas, Casillas nunca se ha ido del todo. “La memoria es muy frágil”, reflexiona Hernández. “Pero en el caso de Agustín es más difícil olvidarlo, porque vas caminando y te encuentras con una de sus esculturas”. La ciudad, en ese sentido, actúa como un museo permanente.
La exposición del Museo Mínimo no compite con ese museo al aire libre, sino que lo complementa. Permite acercarse a la obra desde otra perspectiva, más íntima, más pausada. Aquí no hay prisa. Aquí se puede observar el detalle, la textura, la expresión detenida de cada figura.
Entre las piezas destacadas, Hernández señala una en particular: el busto de Torres Villarroel. No solo por su tamaño, sino por lo que representa. “Es muy Salamanca”, dice. Y no se refiere solo al personaje, sino a todo lo que encierra: la tradición universitaria, la historia intelectual, la identidad de una ciudad que se reconoce en sus símbolos. Aunque sería un error quedarse solo con las figuras más reconocibles. Hay otras obras, quizá más pequeñas, que concentran una intensidad especial. En ellas, Casillas parece acercarse aún más a ese mundo de lo cotidiano que tanto le interesaba. Las manos, los gestos, las miradas, todo transmite una sensación de autenticidad difícil de fingir. “No hay impostura”, resume Hernández. “Lo que ves es lo que hay”.
Esa honestidad no solo define su obra, sino también su forma de vida. Quienes lo trataron coinciden en describirlo como un hombre sencillo, accesible, trabajador incansable. Siguió esculpiendo prácticamente hasta el final, en su propio estudio, como si no supiera, o no quisiera, hacer otra cosa.
Murió en 2016, a los 95 años, después de una vida larga y reconocida. Un año antes había recibido la Medalla de Oro de la ciudad de Salamanca, un homenaje que se sumaba a otros muchos recibidos en sus últimos años. Sin embargo, más allá de los premios, su verdadero reconocimiento estaba y sigue estando en la calle. Ahora, en 2026, la ciudad vuelve a mirarlo. El décimo aniversario de su fallecimiento ha reactivado su figura con distintas iniciativas: desde esta exposición hasta la futura dedicación de una plaza con su nombre en la zona de la Alamedilla. Es una forma de cerrar el círculo, de devolver al artista al espacio que siempre fue suyo.
Para el Museo Mínimo, la muestra supone también un punto de inflexión. El proyecto, impulsado hace apenas unos meses, busca recuperar la memoria de artistas salmantinos, darles visibilidad y generar un espacio de encuentro en torno al arte. “Nos pone en el mapa”, reconoce Hernández. Más allá de la visibilidad, hay algo más profundo en juego. La galería no es solo un lugar de exposición, sino también de conversación, de tertulia de intercambio e incluso, un espacio donde el arte no se contempla en silencio, sino que se comparte. “Viene gente que hacía años que no veía”, cuenta. “Se enteran unos a otros y acaban aquí, hablando, comentando, recordando”. En ese sentido, la exposición de Casillas no solo recupera a un artista, sino también una forma de relacionarse con la cultura.
Quizá por eso encaja tan bien con el espíritu del escultor, ya que Casillas no era un artista distante, encerrado en su obra. Era alguien que formaba parte de la vida cotidiana, que observaba y participaba. Sus esculturas, de algún modo, prolongan esa presencia. En ellas hay algo que va más allá de la técnica o del estilo. Hay una forma de mirar el mundo. Una forma de entender que la belleza puede estar en lo humilde, en lo aparentemente insignificante. En un gesto, en una postura, en una expresión fugaz.
La exposición ‘Manos que hablan’ recoge esa idea desde el propio título. Las manos del escultor, detenidas hace diez años, siguen hablando a través de sus piezas y lo hacen con un lenguaje que no necesita traducción, basta con detenerse, mirar y reconocer, en ese barro convertido en figura, algo que pertenece a todos.
Porque al final, más allá de los premios, de las exposiciones o de los homenajes, lo que queda de un artista es su capacidad para seguir diciendo algo cuando ya no está. Y en ese sentido, Agustín Casillas sigue muy presente: en cada paseo por Salamanca, en cada esquina donde aparece una de sus obras y ahora, también, en este pequeño espacio que, durante unas semanas, se convierte en el centro de una memoria que se resiste a desaparecer.



