David Arranz /ICAL - Juan Manuel Bonet acerca la figura de Gaya Nuño en Fundos Fórum Salamanca.
SALAMANCA - CULTURA
Domingo, 22 de Marzo de 2026

La modernidad desde dentro

Vicente Ladislao - La exposición sobre Gaya Nuño en Fundos Fórum Salamanca recorre la vida de un intelectual marcado por la guerra, la censura y la pasión por el arte

Hay exposiciones que se recorren con los ojos y otras que se atraviesan con la memoria. La dedicada a Juan Antonio Gaya Nuño pertenece a las segundas. No es solo un itinerario de obras, libros y documentos; es la reconstrucción de una vida quebrada por la historia y recompuesta, pieza a pieza, a través del arte. Un hilo invisible une cada vitrina, cada cuadro, cada papel amarillento: el de un hombre que escribió, pensó y sobrevivió en uno de los momentos más complejos del siglo XX español.

Ese hilo comienza en Soria, pero no tarda en tensarse. La guerra lo atraviesa todo. También la biografía de Gaya Nuño, que pasa del entusiasmo cultural de la Segunda República a la experiencia traumática del frente y la represión posterior. Su padre, alcalde republicano, es fusilado. Él combate, resiste, y al terminar la contienda decide entregarse. A partir de ahí, la cárcel, la condena, la imposibilidad de ejercer la docencia. Y, sin embargo, también ahí empieza otra historia: la de un intelectual que, privado de muchas cosas, se aferra a una sola con obstinación casi física, el arte.

La exposición, titulada ‘Gaya Nuño: una modernidad española’ en el Fundos Fórum Salamanca propone precisamente eso: entender cómo, desde una posición aparentemente periférica y limitada, este soriano logró convertirse en una figura central para la reconstrucción de la modernidad artística en España. No lo hizo desde la comodidad ni desde el reconocimiento inmediato, sino desde una especie de resistencia silenciosa que se filtra en cada uno de sus textos.

“Lo primero que hay que decir es que es un escritor”, insiste Juan Manuel Bonet, comisario de la muestra, en una de esas reflexiones que funcionan como clave de lectura. Porque antes que historiador del arte, antes que crítico, Gaya Nuño fue, sobre todo, un narrador. Un narrador de su tiempo, pero también de su propio encierro, de lo que Bonet denomina, con matices, un “exilio interior”.

No es una etiqueta simple. Tampoco cómoda. La exposición huye deliberadamente de las simplificaciones. “La historia de la cultura es muy compleja. No se puede hacer en blanco y negro”, explica Bonet. Y esa complejidad es, quizá, uno de los mayores aciertos del recorrido: mostrar a un hombre que, pese a sus dificultades para publicar o a la autocensura, también colaboró con estructuras oficiales. No hay héroes puros ni villanos nítidos, solo trayectorias atravesadas por contradicciones.

Esa ambigüedad se traduce en una exposición híbrida, casi doméstica, que busca reconstruir no solo la obra, sino la vida. Hay libros subrayados, correspondencias, primeras ediciones, fotografías. Hay pintura, pero también pensamiento. Todo convive como lo haría en una casa. Porque, en el fondo, de eso se trata: de entrar en la casa mental de Gaya Nuño.

Para Bonet, el proceso ha sido también íntimo. Lo reconoce sin rodeos. “Ha sido muy grato asomarme a su biblioteca, a su archivo”, confiesa. Y en ese gesto hay algo más que una labor de comisariado: hay una especie de diálogo a destiempo. Bonet no llegó a conocer realmente a Gaya Nuño, apenas lo vio una vez, fugazmente, pero sí creció en un entorno donde su nombre estaba presente. Ese eco familiar se convierte ahora en una emoción concreta cuando, entre los materiales, encuentra un libro de su propio padre. Lo coloca en una vitrina. No como pieza central, sino como homenaje silencioso.

Ese detalle, aparentemente menor, condensa bien el espíritu de la muestra: la historia del arte no es solo una sucesión de obras y nombres, sino una red de afectos, influencias y encuentros. Un tejido humano.

El recorrido se articula en distintos bloques que permiten seguir la evolución de Gaya Nuño y, al mismo tiempo, la del arte español del siglo XX. En uno de los primeros espacios aparece su relación con las vanguardias históricas. Ahí están las huellas de Pablo Picasso, figura a la que dedicó numerosos textos y de la que conservó libros con dedicatorias. También su interés pionero por Juan Gris, al que estudió cuando aún no ocupaba el lugar central que hoy tiene en la historia del cubismo.

Pero si hay un momento especialmente revelador es su etapa en Barcelona. Allí, en la posguerra inmediata, Gaya Nuño encuentra un espacio de relativa apertura intelectual. Se vincula con el grupo Dau al Set, epicentro de la renovación artística catalana, y publica uno de los primeros textos que sistematizan las vanguardias en España. No es un gesto menor: en un contexto de aislamiento cultural, ese tipo de trabajos funcionaban como auténticos puentes con el exterior.

También dirige la Galería Layetanas, desde donde impulsa exposiciones clave. Entre ellas, una de Joan Miró en 1948, considerada la primera gran muestra del artista en la España de posguerra. La escena que se recrea en la exposición, fotografías, folletos, documentos, tiene algo de acontecimiento fundacional. Mientras fuera el país sigue marcado por la censura y la escasez, dentro de esa galería se abre una grieta por la que entra la modernidad.

Ese papel de mediador es, quizá, el rasgo más definitorio de Gaya Nuño. No fue un creador en el sentido tradicional, pero sí un facilitador imprescindible. Alguien capaz de conectar mundos que parecían irreconciliables: tradición y vanguardia, figuración y abstracción, España y el contexto internacional.

La exposición insiste en esa idea a través de la variedad de nombres y estilos que conviven en sus salas. Desde pintores ligados a la llamada “pintura fruta” hasta figuras de la Escuela de París, pasando por artistas que trabajaron en los márgenes o que quedaron marcados por la guerra. Hay obras de Benjamín Palencia, con su mirada sobre el paisaje castellano; de Ortega Muñoz, con su búsqueda de la esencialidad; o de José Caballero, vinculado al surrealismo y a la generación de Federico García Lorca.

Cada uno de ellos aparece no solo como artista, sino como nodo en una red que Gaya Nuño ayudó a tejer. Porque su labor no fue únicamente analítica, sino también relacional. Escribía, sí, pero también conectaba, impulsaba, visibilizaba. Esa dimensión se aprecia especialmente en las vitrinas dedicadas a su obra literaria. Allí emerge un Gaya Nuño menos conocido, más íntimo. Libros como El santero de San Saturio revelan una escritura cargada de memoria y de ironía, profundamente enraizada en su Soria natal. Otros textos abordan la guerra, el cautiverio, el desarraigo. Son relatos que, sin ser estrictamente autobiográficos, están atravesados por su experiencia.

En ellos aparece, de nuevo, el tema del encierro. Pero también el de la imaginación como forma de resistencia. La idea de una “pinacoteca portátil”, una colección de imágenes que acompaña al protagonista, funciona casi como metáfora de su propia vida: incluso en las circunstancias más adversas, el arte como refugio.

El visitante avanza entre esas capas con la sensación de estar reconstruyendo algo que nunca se muestra del todo. No hay una narrativa lineal, sino fragmentaria. Sin embargo, el conjunto acaba por dibujar un retrato coherente .En ese sentido, la exposición logra algo difícil: humanizar sin simplificar. Mostrar la grandeza intelectual de Gaya Nuño sin ocultar sus contradicciones, sus dificultades, su carácter, no siempre fácil, como recuerdan quienes le conocieron, y sus rupturas personales.

También sitúa su figura en un contexto más amplio. La España de posguerra no aparece solo como telón de fondo, sino como protagonista silenciosa. Una España donde muchos intelectuales optaron por el exilio exterior, mientras otros, como él, permanecieron dentro, navegando en una zona gris. Esa elección, o esa imposibilidad de elegir, marca toda su trayectoria. Y dota a su obra de una tensión particular, entre lo que se quiere decir y lo que se puede decir.

Por eso, recorrer esta exposición no es solo acercarse a un nombre importante de la historia del arte, sino también a una forma de estar en el mundo. A una manera de pensar el arte como algo inseparable de la vida, de la política, de la memoria.

En los últimos tramos del recorrido, esa idea se hace más evidente. Los documentos, las cartas, las ediciones anotadas construyen la imagen de un hombre que nunca dejó de trabajar, de leer, de escribir. Incluso cuando las circunstancias eran adversas. Al salir, queda la sensación de haber asistido a algo más que una exposición. Quizá a una conversación interrumpida que, décadas después, se retoma. A un intento de entender no solo quién fue Gaya Nuño, sino por qué sigue siendo necesario. 

Porque, en el fondo, su historia habla de algo muy actual: la necesidad de mediadores culturales, de voces capaces de tender puentes en tiempos de fractura. De gente que, sin hacer demasiado ruido, mantiene vivo ese hilo invisible que conecta el pasado con el presente. Y eso, como demuestra esta muestra, también es una forma de resistencia.