Brágimo /ICAL - El Museo del arquitecto Jerónimo Arroyo; el espacio de Ciencia y Humanismo en la torre observatorio; y las tres salas del Museo de Ciencias Naturales conforman un recorrido que sorprende incluso a antiguos alumnos, en la imagen la bióloga y coordinadora de los museos, Verónica Viñas, junto a un ejemplar de Perezoso naturalizado
PALENCIA - CULTURA
Sábado, 14 de Febrero de 2026

Los tres tesoros ocultos del IES Jorque Manrique

Jesús García-Prieto - Del modernismo de Jerónimo Arroyo a una oveja de dos cabezas, el instituto palentino abre sus puertas a un patrimonio científico, artístico y educativo que sorprende a quien cruza su umbral

Quien pasea por la avenida República Argentina de Palencia y levanta la vista hacia el imponente edificio del IES Jorge Manrique difícilmente imagina que, tras sus muros centenarios, se esconde uno de los conjuntos museísticos más singulares de Castilla y León. No se trata de un museo al uso, ni de una colección institucional diseñada desde un despacho. Es algo más orgánico, más vocacional y, en cierto modo, más emocionante. Se trata de tres espacios museísticos que han nacido del compromiso de un claustro, del legado de generaciones y del deseo de que la educación trascienda el aula.

El instituto, inaugurado en 1915 aunque con raíces educativas que se remontan a 1845, no solo es un referente académico en la ciudad. Es también custodio de un patrimonio que habla de arquitectura, ciencia, historia natural y humanismo. El Museo de Jerónimo Arroyo, el espacio de Ciencia y Humanismo en la torre observatorio y las tres salas del Museo de Ciencias Naturales conforman un recorrido que sorprende incluso a antiguos alumnos.

“Es un tesoro, la verdad”, resume a Ical Verónica Viñas, actual coordinadora de los Museos del IES Jorge Manrique. Y lo dice con la mezcla de orgullo y asombro de quien todavía se maravilla al ver la reacción de los visitantes. Porque, como ella misma explica, “no se esperan que eso esté en el Instituto. Ahí pasan por delante de la puerta muchísimas veces y no esperan que haya tantas cosas”.

El primero de los museos que vio la luz en el centro fue el dedicado a Jerónimo Arroyo. Nacido en la Calle Mayor, Arroyo es el arquitecto de referencia del modernismo palentino entre los siglos XIX y XX. Consiguió desarrollar un estilo muy personal, mezclándolo con elementos de tradición clásica (neoplateresco, purismo) y otros más propios de la tradición castellana, como el mudéjar. El edificio del Jorge Manrique, diseñado por Arroyo junto a Gallego, es ya en sí mismo una pieza patrimonial. “Ya el edificio impresiona, porque claro, un instituto con esas escaleras, esas ventanas, todo ya llama la atención”, señala Viñas. Pero el museo permite ir más allá de la primera impresión estética.

Hablar de Jerónimo Arroyo es hablar, inevitablemente, de Palencia. Su nombre está entrelazado con la memoria urbana de la ciudad, como si cada piedra y cada fachada conservaran la huella de su mirada. El Palacio de la Diputación, el Colegio Villandrando o la Sede del Consejo de Cuentas de Castilla y León son solo algunos ejemplos de una obra que marcó el perfil arquitectónico de toda una época. En cada uno de ellos late su inconfundible estilo, esa fusión elegante entre modernidad y tradición que convirtió sus proyectos en símbolos reconocibles. Para los palentinos, Arroyo no es solo un arquitecto ilustre, es parte de su identidad colectiva, un creador que ayudó a dar forma (y carácter) a la ciudad que habitan.

Por eso, el museo que le recuerda ocupa dos salas bajo cúpulas que, por sí solas, justifican la visita. “Está como dividido en dos cúpulas del centro, que ya solo la sala llama mucho la atención, porque es muy bonito”, explica la coordinadora. En su interior se conservan planos, fotografías, proyectos, bocetos y objetos personales del arquitecto, incluida su mesa de trabajo. Aunque Viñas es bióloga de formación, reconoce el impacto que tiene el espacio en especialistas. “Aprecio mucho todo lo que ha hecho, pero claro, es que para un historiador, para un arquitecto, que vienen también del Colegio de Arquitectos, pues claro, les encanta”.

Pero el museo no se detiene únicamente en la figura de Arroyo. Entre sus muros también encuentra su lugar otro de los grandes nombres propios de Palencia, el de Victorio Macho. El escultor cuenta con un pequeño pero significativo espacio en el que se conservan los bocetos originales del Cristo del Otero, esa silueta eterna que vigila la ciudad desde lo alto. Son dibujos que permiten asomarse al proceso creativo previo a una de las obras más emblemáticas del paisaje palentino. Y junto a ellos, muchas otras sorpresas que enriquecen un recorrido donde el arte y la historia dialogan con naturalidad.

El segundo gran espacio museístico, fundado en 2018, se sitúa en la torre observatorio del edificio. Allí, la aportación de la obra de Antonio Capel se integra en diálogo con instrumentos científicos y con un conjunto de aparatos históricos que incluyen un valioso reloj monumental obra de Moisés Díaz. La subida por la torre forma parte del recorrido. “Ir subiendo por la torre es muy llamativo. Y luego arriba, la azotea, la terraza, las vistas, todo. Eso llama mucho la atención también”, describe Viñas. Este espacio alberga además dos líneas meridianas únicas en el panorama mundial, que suponen un avance sustancial en el panorama museístico español. No se trata solo de exhibir objetos, sino de generar una experiencia en la que arte, ciencia y arquitectura dialogan.

El Museo de Ciencias Naturales, el último en llegar, inaugurado el 18 de mayo de 2022 tras años de trabajo de recopilación y catalogación, ocupa tres salas del edificio. La primera reúne minerales, rocas, fósiles y láminas. La segunda, quizá la más impactante, alberga una amplia colección de vertebrados e invertebrados disecados. “Tenemos ejemplares de todo tipo, tanto vertebrados como invertebrados, pues una variedad que hoy en día, de Castilla y León, yo creo que es de los pocos sitios donde puedes encontrar tantos animales”, afirma la coordinadora. En el centro de la sala destaca un delfín negro. También hay un puma, un perezoso —“que es uno de los objetos así más bonitos”—, morenas, serpientes y arañas. Pero si hay una pieza que genera reacciones inmediatas es la oveja con dos cabezas.

“Eso es lo que más le gusta a los niños. En cuanto la ven…”, comenta entre risas. Lejos de generar rechazo, despierta curiosidad. “Más que mal rollo, causa curiosidad. Y luego ya cuando les explicas por qué tiene dos cabezas no les suele gustar mucho la respuesta. Pero bueno, también hay que enseñar que estas malformaciones son parte de la vida, que no todo es bonito”. Algunos ejemplares tienen hasta 180 años de antigüedad. Parte de la colección procede de donaciones históricas de un oceanográfico en Gijón y de un instituto de Barcelona, además de aportaciones de profesores y particulares. 

La tercera sala funciona como una cápsula del tiempo pedagógica: modelos anatómicos, esqueletos, microscopios y proyectores de hace más de cien años. “Es un compendio de aquellos objetos que se utilizaban para dar clase antes de que hubiera internet”, resume Viñas.

Un trabajo extra por pura vocación

Desde septiembre, Verónica Viñas coordina los tres espacios. El balance para ella es claro: “A veces es algo ajetreado, pero ese trabajo gusta por lo que te recompensa", explica Verónica. El aumento de visitas escolares es una de las mayores satisfacciones. “Están viniendo muchos grupos escolares, que es lo que como docente a mí más me gusta”. También han crecido las visitas de adultos, gracias a una programación de visitas guiadas trimestrales que se llenan con rapidez. “Hicimos la primera en noviembre y se llenó. Y la siguiente es ahora el 19 de febrero, que se llenó hace ya dos semanas”. La respuesta del público es el principal motor del proyecto. “Salen encantados, la verdad. Les gusta mucho”, asegura. Y añade una reflexión que resume el espíritu del trabajo. “Es muy bonito enseñar a las personas cosas que no sabían o que no habían visto nunca”.

Pero mantener vivo el museo exige sacrificio. “Nuestro trabajo es dar clases como profesores”, recuerda, ya que Verónica es docente en el instituto. Las visitas implican jornadas maratonianas. “Empezamos a las 8 y 10 con clases, acabamos a las 2 y 10, tienes que estar aquí a las 5, hasta las 8 de la tarde. Entonces, claro, eso conlleva un trabajo extra muy sacrificado”, reconoce.

Aun así, la motivación pesa más que el cansancio. “Todo este trabajo, que es mucho, es un poco por amor al arte. Porque nos gusta, porque queremos que se conozca todo lo que tenemos en nuestro centro”, reconoce. “Seguir con el sueño de aquellas personas que lo han luchado, que lo han trabajado, que se han dejado ahí horas de trabajo para poder inaugurarlos y poder seguir con ese proyecto, que siga vivo, que no quede ahí en el olvido”.

A quienes todavía no han cruzado la puerta del instituto con mirada de visitante, les lanza una invitación directa. “Que se animen, que se animen, que es una experiencia que merece la pena y que vamos a estar encantados de recibirles”. Porque, tras la fachada modernista del Jorge Manrique, late algo más que un centro educativo, la memoria viva de la ciencia, el arte y la enseñanza.