Brágimo /ICAL - El Museo Ursi de Aguilar de Campoo (Palencia) custodia 160 piezas del escultor palentino Ursicino Martínez, un minero autodidacta que convirtió la madera de desecho en arte, en la imagen Daniel De Vena, su guía y director
PALENCIA - CULTURA
Domingo, 24 de Mayo de 2026

Ursi, el escultor que dobló los olmos y no quiso vender su alma

Jesús García-Prieto - El Museo Ursi de Aguilar de Campoo (Palencia) custodia 160 piezas del escultor palentino Ursicino Martínez, un minero autodidacta que convirtió la madera de desecho en arte de primera división y rechazó un cheque en blanco por su obra

Hay museos que se visitan y hay museos que se experimentan. El Museo Ursi, enclavado en el corazón de Aguilar de Campoo (Palencia), pertenece a la segunda categoría. Nada más cruzar su umbral, el visitante se encuentra con un trío de niñas jugando al corro ("el llamado trío La La La") y con la sonrisa de Daniel De Vena, su guía y director, dispuesto a descifrar los chistes visuales que Ursicino Martínez Montiel sembró entre sus 160 esculturas durante décadas de trabajo silencioso, humilde y extraordinariamente original. "La obra de Ursi es una obra que no deja indiferente", dice De Vena. “Es una obra que inspira”.

Ursicino Martínez, conocido universalmente como Ursi, nació el 20 de junio de 1932 en Villabellaco, un pequeño municipio palentino de la montaña. Murió en Palencia el 7 de enero de 2007, dejando tras de sí una trayectoria vital que parece más novela que biografía: minero de carbón, emigrante en Brasil, empresario de plásticos, inventor de una máquina para teñir polímeros, carpintero, y finalmente escultor reconocido en toda la provincia y más allá de sus fronteras. Un hombre que talló su primer cristo a tamaño natural con madera de roble de las galerías de la mina para ganar una beca de estudios, y que décadas después rechazó un cheque en blanco de un empresario gallego porque prefería que su obra se quedara en Aguilar.

La vida de Ursi no siguió los caminos rectos que suelen reservarse a los artistas de vocación temprana. A los 12 años ya tallaba madera con navaja y dibujaba retratos de sus amigos a lápiz, pero en 1950, con 18 años, sus primeros pasos laborales le llevaron a las entrañas de la tierra, a las minas de carbón de Barruelo de Santullán. Allí pasaría varios años, una experiencia que marcaría para siempre su mirada sobre el trabajo, la dignidad y el esfuerzo físico.

Fue precisamente en ese contexto donde Ursi daría el salto que cambiaría el rumbo de su historia. Alrededor de 1958, hartos ya de la oscuridad y trasladado a la briquetera de Venta de Baños, decidió esculpir un cristo de tamaño natural en madera de roble, el mismo material que se empleaba en el entibado de la mina. Aquella pieza fue su pasaporte: le abrió las puertas de la Escuela de Artes y Oficios de Palencia gracias a una beca del sindicato. Allí estudió durante dos años junto al escultor Mariano Timón, quien le animó a presentarse al examen de ingreso de la Escuela de Bellas Artes de Madrid, la Academia de San Fernando. No quedó entre los primeros clasificados en la prueba de dibujo artístico. El desánimo fue grande y regresó a Barruelo.

"Lo único que consiguió fue esa beca para estudiar en la Escuela de Arte y Oficios", explica De Vena, "había trabajado durante cinco o seis años en la mina de carbón, y no quedó entre los diez primeros del examen de dibujo artístico y se desanimó", reconoce a la Agencia Ical. Pero aquella derrota, sin embargo, no apagó la llama. La demoró.

En 1960, Ursi emprendió una aventura americana. Emigró a Brasil, donde trabajó durante tres años para la Escuela Panamericana de Arte de São Paulo antes de montar su propia empresa de fabricación de piezas de plástico. En aquella aventura industrial llegó a diseñar una máquina para teñir el material, tanto para el mercado interior brasileño como para exportar a Alemania y Argentina. Fue un emprendedor de éxito, aunque la relación con su socio acabó complicándose. En 1971 vendió su parte de la empresa y regresó a España, a Barruelo, donde cogió el traspaso de una droguería en Aguilar de Campoo y en la trastienda montó su primer taller de carpintería.

"Una cosa es que haya vendido muy bien la fábrica y que tenga la patente de la máquina y tal, y que vaya recibiendo unas regalías por eso", reflexiona De Vena, "y otra cosa es que ese dinero, por mucho que sea, se acabará en algún momento, y él era un tío práctico". Práctico y apasionado a la vez. Porque en 1980, cuando su situación personal le permitió retomar la escultura con dedicación plena, Ursi volvió a la madera como quien vuelve a casa.

El primer gran golpe de efecto artístico llegó precisamente ese año, 1980, con una serie de mineros en bronce que causaron sensación en los círculos palentinos. No eran obreros idealizados ni arquetipos políticos, eran cuerpos en tensión, manos que transmitían fuerza y concentración, figuras que dignificaban al trabajador desde la honestidad del oficio. "El minero como trabajador, no como sujeto político", precisa De Vena. “Las manos, la fuerza que transmitían, la concentración, el valor del trabajo... le ganaron un hueco entre los artistas palentinos del momento”.

Una figura clave en aquella etapa fue el crítico de arte y periodista Santiago Amón, que visitaba Aguilar de Campoo junto a otros intelectuales y cuya manera de hablar del románico, del arte, de la historia entrelazando música, cine y literatura, dejó una huella profunda en Ursi. A través de Amón, el escultor conoció la obra de Jorge Oteiza, y en algunos de los rostros de sus esculturas de los años 80 es posible rastrear el influjo del apostolado que Oteiza realizó para el Monasterio de Arantzazu. "Una cosa es inspirarse y otra es copiar", matiza De Vena. “Ursi se inspira en gente grande. Él mismo decía que había gente mucho más grande que él”.

Cuando el bronce empezó a resultar demasiado caro, Ursi giró su mirada hacia los olmos de la zona, árboles diezmados por la grafiosis americana, una enfermedad que a lo largo de los años 80 acabó prácticamente con el olmo europeo. Aquí emergió una de las ideas más originales y coherentes de toda su trayectoria: no había que matar un árbol para hacer una escultura. Bastaba con aprovechar los que ya estaban condenados.

"Igual que había dignificado al minero por el material, que es el bronce, va a dignificar un material de desecho porque la madera de olmo no tenía esa utilidad económica", explica De Vena. “La va a dignificar haciendo el tronco como obra de arte”. En plena época de la reconversión industrial y el desempleo masivo, cuando millones de españoles de cuarenta y cincuenta años se encontraban sin saber cómo recolocarse, Ursi construía una metáfora visual poderosa como son los troncos centenarios, aparentemente inservibles, que renacían con nueva dignidad bajo sus manos.

"Nos llamaba a sus amigos 'tronco'", recuerda De Vena con afecto. “Esa manera cariñosa de jugar con el lenguaje de '¿qué pasa, tronco?'. Ursi tiene sus troncos, Ursi desnuda los troncos, nos enseña la parte interior del tronco, igual que en el arte nos enseña la parte interior de la persona”, afirma De Vena a Ical.

A partir de los años 90, la obra de Ursi se fue haciendo más surrealista, más juguetona, más conceptual. Las piezas que hoy pueblan las seis salas y cuatro plantas del museo dan cuenta de esa evolución: deportistas esculpidos en olmo en los que cualquier visitante reconoce al instante el gesto propio de su deporte favorito; un toro en un tronco de 1,60 metros de altura y más de tres metros de circunferencia; una columna de ladrillos que parece cerámica y es madera; una bola que gira dentro de la propia escultura sin que nadie entienda cómo llegó allí; una silla con una chaqueta de torero; una caja fuerte abierta; una rueda reventada; unos sacos de patatas. Y sus famosas "peladuras": troncos doblados, pelados, retorcidos de maneras que la física parece prohibir a esa escala.

Un trabajo para curiosos

"La primera pregunta que la gente se hace es: ¿cómo está hecho esto?", dice De Vena. “Ursi esto lo sabía, y es la típica broma: con mucho trabajo, con mucho esfuerzo, doblándolo, pelándolo”. Y eso era exactamente lo que buscaba, provocar la pregunta, activar la curiosidad, hacer que el arte fuera un juego entre el artista y el visitante. “Es una obra viva, para jugar con ella, no solo para disfrutarla estéticamente, sino para vacilar, para hacer ese tipo de cosas que a lo mejor el arte académico no permitía”.

El museo nació como almacén. Ursi nunca concibió aquel edificio reformado (una casona del siglo XVII en el centro de Aguilar, cerca del monasterio de Santa María la Real) como un espacio museístico en sentido estricto. Pero la calidad de la obra y la generosidad con que la compartía a través del Grupo Muriel y de sus exposiciones durante los años 90 y 2000 fueron convirtiendo aquel espacio en algo inevitable. Amigos como el historiador Gonzalo Alcalde Crespo o el propio Santiago Amón escribían sobre él y lo promocionaban. Era, como diría hoy alguien, un artista con comunidad antes de que existiera el término.

Quizá ningún gesto ilustra mejor el carácter de Ursicino Martínez que aquel episodio de principios de los 2000 en que un empresario gallego se presentó dispuesto a comprar toda su obra. Le ofreció 100 millones de pesetas. Ursi le dijo que no. El hombre sacó un cheque en blanco. Ursi volvió a decir que no. "Él pensaba que tenía una nieta y una hija, y que cuando él falleciera su legado iba a ser para ellas esta obra suya", cuenta De Vena. “Esa humanidad que tiene Ursi es lo que realmente llama la atención de él”. La obra no era mercancía. Era parte de algo mayor, de Aguilar, de su historia, de su románico, de su naturaleza. Un valor que no podía tener precio.

Tras su fallecimiento en enero de 2007, la Diputación de Palencia, el Ayuntamiento de Aguilar de Campoo y la familia alcanzaron el convenio que permitió abrir el museo con horario fijo. Hoy funciona tres días a la semana, desde Semana Santa hasta el 31 de diciembre. Daniel De Vena lleva cuatro años al frente, con un proyecto que va mucho más allá de la gestión, quiere convertir el Museo Ursi en un polo de atracción turística y cultural, un punto de entrada a la Montaña Palentina para los amantes del arte, la madera, la ecología y el patrimonio.

Ursi deja un legado de “sentido del humor, mucho humor”, explica Daniel de Vena. “Un humor muy profundo, sencillo y directo”, argumenta. Para él, Ursi significa también “creatividad”. Esos son los dos pilares que explican la vida de este afamado escultor en la Montaña Palentina. 

Un hombre que fue minero, emigrante, empresario y artista. Que estudió carpintería por correspondencia. Que no entró en la Academia de San Fernando pero dejó 160 piezas que llevan al visitante desde la carcajada hasta la meditación. Que se negó a vender y prefirió regalar. Que dignificó al trabajador con el bronce y al árbol enfermo con el cincel. Que era capaz de rejuvenecer olmos centenarios y devolverles la flexibilidad de la juventud.

El Museo Ursi de Aguilar de Campoo espera, tres días a la semana (viernes, sábado y domingo), a quienes quieran descubrir a ese titán salido de la mina que nunca dejó de tener dentro la navaja de un niño de doce años dispuesto a tallar el mundo.